
No hay nada más poético en el ecosistema crypto que el rojo sangre de un gráfico en caída libre a las tres de la mañana. Ese momento místico donde holdear pasa de ser un mantra financiero a un grito de auxilio existencial. Estás ahí, viendo cómo tus ahorros se evaporan más rápido que las promesas de un político, cuando de pronto, aparece él.
El bombero con la manguera grande que nadie llamó, pero que todos necesitan. Pero no teman, ciudadanos del caos, porque a lo lejos se escucha una sirena. No es la justicia, ni el sentido común, es el Camión de Bomberos de la Reserva Federal.
Jerome Powell desciende del camión con la parsimonia de quien sabe que el agua le sale gratis. Su manguera no dispara H2O, sino una mezcla viscosa de liquidez ilimitada y expansión cuantitativa. El fuego de las velas rojas es voraz, alimentado por el miedo y la liquidación de futuros, pero nada sobrevive a un manguerazo de dólares recién impresos.
¿Qué importa la inflación? Lo importante es que el gráfico de Bitcoin no parezca un descenso al infierno. Cada vez que la vela roja amenaza con quemar los cimientos del sistema, el bombero Powell abre la válvula. La liquidez inunda el suelo, sofocando las llamas del libre mercado con una marea de dinero fiat que huele a tinta fresca y a desesperación institucional.
Cuando las velas rojas empiezan a devorar el mercado, amenazando con devolvernos a todos a trabajar en un McDonald's, la FED activa su protocolo favorito: la manguera de billetes. No importa que la inflación esté devorando el precio de la leche; lo importante es que los mercados no lloren.
El criptoespíritu nació para destruir el sistema fíat centralizado, pero ahora depende de él como un paciente terminal de su tanque de oxígeno. Cada vez que Powell imprime, apaga el incendio de las velas rojas, pero a cambio nos deja un aire irrespirable lleno de burbujas.
Nos encanta odiar a la FED, pero en cuanto el gráfico se pone color tomate, rezamos para que el Bombero le dé al botón de "Imprimir".
Somos como pirómanos que lloran cuando se quema su casa, solo para que el mismo tipo que causó la sequía venga a inundarnos el salón.
Al final del día, el bombero se retira, dejando tras de sí un paisaje encharcado en deuda. El incendio se ha extinguido, pero no se engañen, en las oficinas de la FED, ya están preparando la gasolina para la próxima burbuja.
Porque en este juego, el fuego es necesario para que el bombero justifique el tamaño de su manguera.
