Y el séptimo día Dios creó XRP y descansó

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Todo comenzó en el glorioso año 2011 que por aquel entonces existía una especie de artefacto digital, un mastodonte arcaico, lento como el lodo y tan ecológico como una erupción volcánica, llamado Bitcoin. Hartos de la lentitud bancaria y la "moneda mágica" de Bitcoin, David Schwartz, Jed McCaleb y Arthur Britto, en un arrebato de genio y cafeína, comenzaron a desarrollar el XRPL (XRP Ledger) y lo lanzaron a mediados de 2012

Su objetivo era humillar a los bancos con transacciones instantáneas y hacer que Bitcoin pareciera un disco de vinilo en la era del streaming. No sabían que al crear XRPL crearon un sistema tan rápido que al enviar dinero la transferencia llegaría antes de que el receptor terminara de quejarse de su ridícula comisión. "Quemaremos este sistema bancario hasta los cimientos", se juraron, mientras bebían café cargado. Pero su venganza no era sólo contra la burocracia sino una humillación pública para ese tal Satoshi Nakamoto, cuya prueba de trabajo (PoW) pasó a ser vista como una "prueba de paciencia".

Su mantra era claro: Basta de lentitud existencial, de costes que harían sonrojar a un dictador y de esa absurda liturgia del minado. "Vamos a crear la Solución. Crearemos algo que haga que la banca tradicional se sonroje ante la criptografía, algo veloz como un parpadeo y eficiente como un sicario bien pagado". Y crearon XRP, la moneda nativa de su Blockchain XRPL... pero aún no eran conscientes de que cambiarían el mundo para siempre.

Los ilustres banqueros que ya se preguntaban cómo mover volúmenes obscenos de dinero con la rapidez de una tortuga y la factura de un secuestro, observaban esta innovación y suspiraban como los adolescentes en plena pubertad, por un sistema más eficiente, ya que era como intentar adelgazar a base de tartas de chocolate. Ahí es donde entró en escena el equipo fundador: David, Jed y Arthur, mentes brillantes cuya visión era tan nítida como el futuro de una mosca en un matamoscas. Un tal Chris Larsen se unió poco después a finales de 2012 y así, bajo el nombre original de OpenCoin, nació el proyecto que hoy conocemos como Ripple. La idea en teoría era sencilla: una red de pagos global (XRP Ledger) tan rápida que finiquitaba transacciones en 3-5 segundos, haciendo que cualquier otra red pareciera tu bisabuela intentando enviar un fax, y que las transferencias bancarias tradicionales fuesen directamente un mensaje tallado en un monolito.

El combustible para esta velocidad supersónica, el cohete diseñado para dejar en el polvo a los lentos, era XRP. Y así llegó la jugada maestra, la solución elegantísima a la ineficiencia. A diferencia de ese otro sistema donde unos cuantos iluminados se sientan a extraer dinero con un dispendio energético comparable al de un festival de rock en un país pequeño, XRP nació... pre-minado. Los fundadores, gente práctica que aborrecía la espera, decidieron que el 100% de la oferta máxima de 100 mil millones de XRP ya estaba lista. Una genialidad. Es como si una diedad hubiera creado todos los recursos del planeta y luego tú, en lugar de esperar a que maduren, simplemente decidieras cuándo y cuánto vender. ¡Adiós derroche energético innecesario, hola eficiencia suprema!

Y hablando del mundo, una porción considerable de ese XRP fue a parar a manos de la compañía, Ripple, para asegurar el despliegue impecable de su solución. Para evitar que el mercado se ahogara en un diluvio de XRP lo que habría sido una verdadera lástima para todos y especialmente para aquellos que buscaban la solución definitiva. La compañía, con una sabiduría digna de Salomón, lo encerró en un depósito de garantía (escrow). De esta forma, lo liberan mensualmente con una precisión militar. Es la versión financiera del "no te preocupes, solo un sorbito... pero tengo un almacén entero de alcohol esperando el momento oportuno".

El barco iba viento en popa con XRP consolidándose como la moneda puente ideal. Exactamente lo que necesita un sistema financiero que anhela moverse a la velocidad del rayo, pero con el peso de un crucero. Hablando claro: XRP es la respuesta veloz, económica y sin remordimientos ambientales que la industria exigía para enmendar los errores de diseño de su antecesor. Es la joya pulcra en el a menudo desordenado y confuso ecosistema cripto.

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