
Cuenta la leyenda, bueno, la Wikipedia, que en 2013 un prodigio llamado Vitalik Buterin tuvo una idea tan grande que su cerebro debió emitir un sonido de módem... Quería hacer una blockchain no sólo para enviar dinero, sino para todo.
La legendaria semana que Vitalik Buterin pasó durmiendo en el sofá de las oficinas de Ripple mientras mendigaba un trabajo no es una anécdota, es el chiste fundacional de todo el criptomercado. Imaginen: el futuro Mesías de Ethereum, con su pelo de científico loco y olor a pizza fría, ofreciendo la idea de los contratos inteligentes al equipo de Ripple. Naturalmente Ripple con su visión de revolucionar las transferencias bancarias del siglo pasado, dijo: "Nah, eso suena a lento y caro pero gracias por no dejar migas en el cojín, chaval."
Y así nació Ethereum, la plataforma que prometía ser la computadora mundial principalmente para albergar apps de gatitos digitales carísimos, que es súper importante, por supuesto. Su criptomoneda, Ether (ETH) es el combustible. Piénsalo como el dinero de la sala de juegos: tienes que pagar para que la blockchain se mueva, se ejecute un contrato inteligente (smart contract), o para que tu NFT de mono aburrido cambie de manos. Es lo que se conoce cariñosamente como "gas" y a veces los precios te hacen sentir que has llenado el tanque de un Boeing 747 con oro líquido.
Vitalik pensó: "Bitcoin está bien, pero ¿por qué no le ponemos una computadora global a la cadena de bloques para que la gente pueda perder dinero de formas mucho más creativas?". El lanzamiento fue un éxito rotundo, atrayendo a soñadores, estafadores y desarrolladores dispuestos a construir un futuro descentralizado. Por supuesto, el primer gran experimento, The DAO, fue hackeado y se evaporaron millones de ETH, obligando a toda la red a un divorcio forzoso, un hard fork que sentó un precedente: la inmutabilidad es maravillosa... hasta que pierdes el dinero.
A esto le siguió la era del gas por las nubes, donde pagar cien dólares para enviar cinco se convirtió en la norma, garantizando que solo los verdaderamente ricos o desesperados pudieran usar la red. Luego vinieron los NFTs, permitiendo a la gente comprar un recibo de imagen de un mono digital por el precio de una casa. Finalmente en 2022 Ethereum completó The Merge, abandonando el protocolo de consenso PoW (Proof-of-Work) por el PoS (Proof-of-Stake). Se acabó el contaminar el planeta, ahora sólo tienen que preocuparse por la centralización y la regulación.
En otras palabras: pasamos de una tecnología innovadora a una máquina de hacer dinero volátil, una plataforma donde la descentralización sigue siendo una meta lejana y donde el precio de ETH dicta el estado de ánimo de miles de personas. El futuro es programable pero el dolor también.
Ahora, sobre esas supuestas ayudas del gobierno... bueno, aunque Ethereum es una red descentralizada y fue financiada por un crowdfunding, una venta inicial de tokens a gente que creyó en la magia, (pero no con dinero público eh), el chiste es que la "ayuda" del gobierno se reduce, irónicamente a la regulación... o la falta de ella. Es como cuando el gobierno decide no meter las narices en algo y eso en el ecosistema crypto es la mayor ayuda de todas.
Así que no, no hubo un cheque de estímulo del Tío Sam para que Vitalik se comprara un portátil más guapo. Su éxito se basó en el sudor, el código y una pizca de caos digital. Un verdadero cuento de hadas crypto. ¿O tal vez una peli de ciencia ficción? El tiempo lo dirá pero por favor, sigan comprando ETH que el gas de la supercomputadora mundial no se va a pagar solo.

Un comentario en «Ethereum: El Niño Prodigio que nunca fue al preescolar gubernamental»
Brutal Íñigo. Gracias