
Se dice que Satoshi Nakamoto se desvaneció un sábado de enero, justo después de un café amargo y de enviar su último correo electrónico críptico. No fue un adiós grandioso ni una ascensión divina, fue más bien el cambio de canal de un reality show.
La ironía más oscura de Satoshi no era su anonimato sino que había creado una moneda de futuro para una humanidad que, en su mayoría, todavía usaba billetes empapados de gérmenes y que se asustaba con la palabra "algoritmo". Imagina al Pescador Místico inventando una red perfecta sólo para darse cuenta de que la gente prefiere seguir chapoteando en la orilla tratando de atrapar peces con sus manos.
"Bitcoin es la respuesta a la desconfianza gubernamental," pensó una tarde, mientras miraba las noticias sobre otro rescate bancario. "Es la descentralización. Oh... miren, ya están comprando pizzas con él. ¡Qué fuerte! Lo he soltado en el mundo y ahora es el oro digital... de gente que invierte con el mismo rigor con el que elige un número de lotería."
Su mayor chiste por supuesto, fue el precio. El concepto era una revolución económica, el valor se convirtió en una comedia de errores globales. Observaba desde las sombras cómo los expertos gritaban: ¡Burbujaaa! Y luego al mes siguiente: "to the moooon!!". Los early adopters que vendieron temprano ahora beben tazas de dolorosa amargura, mientras que los hodlers se aferraban a sus claves privadas como si fueran el último rollo de papel higiénico en el apocalipsis financiero.
Satoshi se rió, no con alegría sino con ese aire seco y resignado que hace un esqueleto al encogerse de hombros. Había regalado la llave maestra de la imprenta de dinero a la gente y su primer acto libre fue usarla para especular sin piedad.
"El mundo quería un salvador económico, y les di código," murmuró antes de apagar su monitor por última vez.
Se fue para siempre, dejando un rastro de bloques encadenados y una comunidad que pasaría la eternidad discutiendo sobre si era un hombre, una mujer, un equipo de la NSA o simplemente una inteligencia artificial increíblemente aburrida de la ineficiencia humana.
La verdad es que probablemente, esté pescando de verdad disfrutando del silencio mientras el mundo se ahoga en el ruido de su invención.

Un comentario en «La Paradoja del Pescador»
Genial Íñigo